Myspace perdió doce años de música en una migración de servidores, y lo reconoció en 2019
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- sofia_salas

A mediados de marzo de 2019, Andy Baio, programador y uno de los organizadores de la conferencia XOXO, puso en Twitter una captura de pantalla que se movió muy deprisa. Era un aviso escondido en la web de Myspace. Venía a decir que, a raíz de un proyecto de migración de servidores, las fotos, los vídeos y los archivos de audio subidos hacía más de tres años podían haber dejado de estar disponibles. La empresa pedía disculpas por las molestias y recomendaba a los usuarios conservar sus propias copias.
Ese aviso, escrito en el tono de quien informa de un cambio de horario, era el certificado de defunción de unos cincuenta millones de canciones subidas por unos catorce millones de artistas entre 2003 y 2015. Baio hizo la cuenta en voz alta y añadió que le costaba creer que fuera un accidente: la incompetencia quedaba mejor en un comunicado que reconocer que no compensaba pagar por mover y alojar tantos MP3 viejos.
Cuatro canciones y un reproductor
Para entender lo que se perdió hay que recordar qué era un perfil de grupo en Myspace hacia 2006. La red se había lanzado en agosto de 2003 en Santa Mónica y en poco tiempo se convirtió en el sitio donde estaba todo el mundo antes de que existiera Facebook para todo el mundo. Pero su función más peculiar era la de los músicos: cualquier banda podía abrir un perfil, subir unas cuantas canciones y tener un reproductor que empezaba a sonar en cuanto alguien entraba en la página.
No hacía falta sello, ni distribuidora, ni saber programar. Bastaba una maqueta grabada en un local de ensayo. El perfil tenía además el famoso Top 8, los amigos que uno elegía mostrar en portada, y un tablón de comentarios donde otros grupos dejaban carteles de conciertos. Así se montaban giras pequeñas: una banda de Valencia escribía a otra de Bilbao, se cambiaban fechas y cada una ponía a la otra en su lista.
El caso que se cita siempre es el de Arctic Monkeys, que en 2005 llegaron a las listas británicas con una fama construida por sus seguidores en internet, Myspace incluido. En España, Russian Red suele aparecer como ejemplo de una carrera que empezó con canciones colgadas en un perfil. Al otro lado del Atlántico, en México, Argentina o Chile, la plataforma convivió con Fotolog y Hi5 y sirvió de escaparate a una generación de grupos de garaje y electrónica que no tenía otro sitio donde enseñar su música a gente de otra ciudad.
Lo importante para lo que vino después es esto: para miles de esos grupos, el perfil de Myspace era el único lugar donde estaban sus canciones. La maqueta original se había quedado en el ordenador de alguien que ya no estaba en la banda, o en un CD que se rayó, o en un disco duro que murió en 2009.
De 580 millones a 35
El dinero explica buena parte del final. En julio de 2005, News Corp, el grupo de Rupert Murdoch, compró Intermix, la empresa propietaria de Myspace, por 580 millones de dólares. El negocio era la publicidad, y la apuesta era que una red social con tanta audiencia joven se convertiría en una máquina de vender anuncios.
No salió así. Facebook se abrió a todo el público en 2006, creció más rápido y con páginas mucho más limpias que los perfiles recargados de Myspace, con fondos animados y música que sonaba sola. En 2011, News Corp vendió Myspace a Specific Media, con Justin Timberlake entre los inversores, por unos 35 millones de dólares. Los nuevos dueños relanzaron la web en 2013 como un sitio de música y en ese relanzamiento ya se borraron cosas por el camino, como los blogs que los usuarios habían escrito en sus perfiles. Después la empresa pasó por más manos: Time Inc. compró a la matriz en 2016 y Meredith compró Time Inc. en 2018.
En ese baile de propietarios, mantener millones de archivos antiguos que casi nadie escuchaba era un coste sin ingreso al lado. Desde 2018 había usuarios quejándose de que los reproductores de sus perfiles antiguos no funcionaban. Myspace respondió durante meses que estaba trabajando en ello. El aviso de 2019 fue la respuesta final.
El disco duro del dragón
Lo poco que se salvó apareció casi de inmediato y por una vía que nadie había planeado. A principios de abril de 2019, Jason Scott, archivero de Internet Archive y fundador del colectivo Archive Team, publicó una colección llamada Myspace Dragon Hoard, el tesoro del dragón. Eran cerca de medio millón de MP3 descargados de Myspace entre 2008 y 2010 por un grupo académico anónimo que los había reunido para un estudio sobre redes de música. Alguien había guardado aquel volcado y lo hizo llegar al archivo.
Junto a los archivos, Internet Archive montó un buscador y una interfaz que imitaba los reproductores de la época, para poder buscar un grupo por nombre y escuchar lo que hubiera. Los propios responsables lo dejaron claro: medio millón de canciones es una fracción pequeña de cincuenta millones. Es una muestra de dos años, sacada con criterios de investigación, no un rescate de lo que más importaba a cada banda.
Aun así, hubo músicos que encontraron allí la única copia de una canción suya que creían perdida. Y hubo muchos más que buscaron y no encontraron nada.
Qué quedó de aquello
Myspace sigue existiendo como dominio, con una portada de noticias musicales que poca gente visita. Los perfiles antiguos se pueden ver a trozos en la Wayback Machine, que guardó el HTML de muchas páginas, pero el audio casi nunca: los reproductores cargaban los archivos de forma que los rastreadores de la época no capturaban. Se ve el fondo, el Top 8 y los comentarios; el botón de play no suena.
La lección que dejó el caso se ha repetido después con Fotolog, con Panoramio o con Google+, y siempre por el mismo mecanismo. Una plataforma gratuita guarda tus cosas mientras le sale a cuenta. Cuando cambia de dueño, de modelo de negocio o de servidores, lo antiguo es lo primero que sobra, porque no genera visitas y sí factura de almacenamiento. Las condiciones de uso, además, casi nunca obligan a la empresa a conservar nada.
Para los grupos que empezaron en Myspace, el consejo de la propia empresa llegó con unos diez años de retraso: conservar copias propias. Quien tenía la maqueta en un cajón, la sigue teniendo. Quien confió en que el perfil era el archivo, depende hoy de que un investigador anónimo pasara por su página entre 2008 y 2010 y decidiera descargarla.