Loquo fue el Craigslist de Barcelona: eBay lo compró en 2005 y lo apagó en 2010
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- sofia_salas

Una habitación libre en un piso de Gràcia, un martes de 2006. La persona que la alquila no llama a ninguna agencia ni imprime carteles para las farolas de Verdi. Abre Loquo, elige Barcelona, elige la categoría de pisos compartidos, escribe seis líneas sin foto —metros, precio, si hay galería, si se puede fumar— y le da a publicar. A mediodía tiene once correos. Tres son de estudiantes Erasmus que escriben en un castellano de manual, dos de gente que quiere ver el piso esa misma tarde y uno de alguien que pregunta si aceptan un gato.
Ese circuito funcionaba así todos los días, en todos los barrios, y duró seis años.
Qué era Loquo por dentro
Loquo arrancó en Barcelona en 2004 y no escondía de dónde venía: era la traducción literal del modelo de Craigslist, el tablón que Craig Newmark había empezado en San Francisco en 1995 como una lista de correo entre conocidos. Mismo esqueleto, mismo desprecio por el diseño. Una portada con las categorías en columnas y enlaces azules, sin banners parpadeantes, sin carrusel, sin apenas imágenes. Dentro de cada categoría, los anuncios en orden cronológico inverso: el último publicado arriba, el de ayer más abajo, y a los pocos días desaparecido de la primera página.
La lista de secciones explica bastante bien la Barcelona de aquellos años. Pisos compartidos, empleo, clases particulares, intercambio de idiomas, servicios, compraventa, trueque y una sección de cosas gratis donde la gente colocaba sofás que no cabían por la escalera. Había mucho angloparlante recién llegado dando clases de inglés, mucho músico buscando local de ensayo y mucho mueble de Ikea de segunda mano rondando entre pisos del Eixample.
Tres detalles del funcionamiento que hoy resultan raros. El primero: la unidad de organización era la ciudad y, dentro de ella, la zona. No había radio en kilómetros ni geolocalización, había barrios escritos a mano por el que publicaba. El segundo: el contacto iba por correo electrónico, entre dos personas, sin chat integrado ni historial que la plataforma pudiera leer. El tercero: no había reputación. Nadie tenía estrellas, ni número de ventas, ni insignia de vendedor. Se quedaba con un desconocido en un bar y se pagaba en efectivo.
De qué vivía
De poco. Publicar era gratis en casi todo, la publicidad era escasa y el sitio no cobraba comisión por ninguna transacción, porque ninguna transacción pasaba por allí. Craigslist sostenía ese modelo cobrando solo por unas pocas categorías —ofertas de empleo en determinadas ciudades, sobre todo— y con una estructura mínima de plantilla. En España, con un mercado más pequeño, esa misma matemática daba un sitio muy usado y con una cuenta de resultados sin gracia.
Eso convierte una oferta de compra en algo difícil de rechazar, sobre todo cuando quien llama está comprando todo lo que se parezca a un tablón de anuncios en Europa.
Por qué llamó eBay
Entre 2004 y 2005, eBay montó a toda prisa una división de clasificados. En 2004 compró el holandés Marktplaats y entró en el capital de la propia Craigslist con una participación minoritaria que le vendió un antiguo empleado. En 2005 se quedó con el británico Gumtree, lanzó su marca propia Kijiji para el resto de mercados y compró Loquo. El importe de esta última operación no se publicó.
La lógica desde Silicon Valley era razonable: las subastas servían para objetos que viajan en un paquete, y los clasificados cubrían lo que no viaja —un piso, un armario, una clase de guitarra, un empleo—. Faltaba la casilla española y Loquo la ocupaba.
Lo que vino después fue una guerra. eBay llevó Kijiji a Estados Unidos en 2007, compitiendo de frente con la empresa de la que era accionista; el consejo de Craigslist diluyó su participación en enero de 2008 y las dos compañías se demandaron mutuamente ese mismo año. El Tribunal de la Cancillería de Delaware resolvió el caso en septiembre de 2010 y eBay terminó vendiendo su parte de Craigslist en 2015. Loquo era una pieza pequeña en un tablero que había pasado de ser una estrategia a ser un pleito.
El apagado, en 2010
eBay integró Loquo en su propia marca de clasificados en España y en 2010 dejó de operarlo. No hubo escándalo ni manifiesto de usuarios: hubo un aviso, un redirección y, de un día para otro, un tablón municipal que llevaba seis años ordenando pisos y trastos dejó de tener dirección propia.
De los contenidos apenas quedó nada. No hubo exportación de anuncios ni volcado de archivos, entre otras cosas porque un anuncio caducado no le interesaba a nadie por separado; lo que valía era la costumbre de mirar allí. En el Internet Archive se conservan portadas y páginas de categoría de loquo.com, suficientes para ver la estructura y los precios de las habitaciones de entonces, no para reconstruir las conversaciones que salieron de allí.
Adónde se fue aquel tráfico
No se fue a un sitio: se repartió.
| Sitio | Cuándo | Qué recogió |
|---|---|---|
| Segundamano | Revista en papel desde los años ochenta, con web en los dos mil | Compraventa general y motor; acabó dentro del grupo Anuntis y después rebautizada |
| Milanuncios | Desde 2005 | Casi todo lo demás: gratuito, feo, enorme; comprado por Schibsted en 2014 |
| Foros especializados | Ya en marcha | Coches, música, informática: la compraventa entre conocidos del mismo hilo |
| Wallapop | Desde 2013, también desde Barcelona | El trasto cercano, ahora por móvil, con foto obligatoria y radio en kilómetros |
El cambio de fondo está en esa última fila. Loquo ordenaba por fecha y Wallapop ordena por algoritmo; Loquo dejaba el trato fuera de la plataforma y las aplicaciones actuales lo meten dentro, con envío, comisión y protección del pago. Se gana en que a nadie le dan un billete falso en la puerta de un metro. Se pierde el tablón: aquella página donde cabían una habitación, un profesor de catalán y un sofá regalado sin que nadie decidiera cuál de las tres cosas merecías ver primero.
Una comunidad local puede funcionar perfectamente y no valer casi nada en una hoja de cálculo trimestral. Loquo funcionaba y se apagó igual, y lo llamativo es que hicieran falta seis años y una guerra judicial al otro lado del Atlántico para que pasara.