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Trovadores
Archivo rescatado de la blogosfera española, 2003-2006

La firma, el volumen y las citas: las tres señales con las que leíamos la web se han roto a la vez

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sofia_salas
Un tablón de corcho con páginas impresas superpuestas y el hueco de la firma en blanco

Durante bastantes años, la manera de saber si una web merecía la pena fue mirar quién la escribía. Había un nombre, una foto, a veces un correo, y con suerte un archivo de cosas anteriores. Si el nombre te sonaba de otro sitio, seguías leyendo. Si no te sonaba de nada, la firma era al menos una promesa: alguien concreto se hacía responsable de esto.

Esa promesa se ha industrializado.

El informe de amenazas que Anthropic publicó en septiembre de 2026 documenta una operación con unas setenta webs que parecían medios de noticias. Publicaron al menos 8.913 artículos en unos veinte idiomas, dirigidos a públicos de seis continentes. Y lo hicieron, dice el informe, con firmas de periodistas que no existen.

Lo que se copió no fue el texto

La parte interesante no es que se generaran artículos. Eso se veía venir desde hace tiempo y quien lleva veinte años leyendo webs ya distingue el relleno.

Lo que se copió fue todo lo demás. El aspecto de periódico local. Las secciones. Las cuentas en redes, setenta, una por cabecera. Y más de doscientas cincuenta cuentas adicionales cuyo único trabajo era comentar, que es lo que le da a un artículo el aire de haber sido leído por alguien.

Los comentarios. Ese fue siempre el sitio donde se notaba si una web tenía gente detrás. Un blog con tres comentarios de verdad valía más que uno con cincuenta mil visitas, porque tres comentarios significaban tres personas molestándose. Eso también se puede fabricar ahora, y se fabrica en cantidad.

Las señales que hemos usado hasta ahora

Vale la pena hacer el repaso, porque todas eran buenas señales y todas están tocadas.

La firma. Servía porque tenía coste: había una persona con una reputación que perder. Un nombre inventado con foto y biografía cuesta ahora lo que cuesta pedirlo.

El volumen. Publicar mucho durante mucho tiempo indicaba que alguien invertía en aquello. Ocho mil novecientos artículos en veinte idiomas ya no indican inversión: indican una tubería.

Que otros te citen. Era la mejor de todas y es la que peor está. El informe describe cómo se lavaban las historias entre fronteras: una pieza se publicaba en un país y se recogía en otro sin el contexto de origen, de forma que la copia acababa citada como si fuera fuente. Cuando el tercer eslabón cita al segundo, el origen ha desaparecido.

El diseño. Que un sitio se viera cuidado significó algo durante un tiempo, cuando hacía falta alguien que supiera. Hace años que no significa nada.

Lo que sigue en pie

Es menos de lo que nos gustaría, pero no es nada.

El tiempo. Un archivo de doce años, con sus cambios de opinión, sus temporadas malas y sus enlaces rotos, no se fabrica hacia atrás. Se puede inventar una web con quinientos artículos fechados en 2014. Lo que no se inventa es que alguien los enlazara en 2014.

La rareza. Una tubería produce lo que se le pide y lo que se le pide es lo que interesa a alguien. Nadie encarga cuatro mil palabras sobre las máquinas de escribir de una fábrica cerrada. El interés desmesurado por algo que no le importa a nadie sigue siendo la huella más fiable de un ser humano.

La equivocación. Una corrección al pie, una rectificación, un «me confundí» tres párrafos más abajo. La producción industrial no se corrige, porque corregir requiere que a alguien le importe haber acertado.

Un detalle del informe que dice mucho

La misma fuente se reescribía en direcciones ideológicas opuestas según a qué público iba dirigida. El mismo hecho, contado hacia un lado para unos y hacia el contrario para otros.

Es lo que separa esto de la propaganda de toda la vida. La propaganda defiende algo. Aquí no se defiende nada: se produce lo que se ha encargado, en la dirección que se ha encargado. La convicción, que era lo que hacía a un panfleto legible aunque no estuvieras de acuerdo, tampoco es necesaria.

Qué se puede hacer desde una web pequeña

Enlazar a la fuente primaria, siempre, aunque cueste encontrarla. Es la única defensa colectiva contra el lavado entre fronteras: si el sector enlaza al origen, la copia sin origen se queda huérfana.

Firmar con nombre y sostenerlo en el tiempo. Y mantener el archivo abierto, con las cosas viejas donde estaban y las URL sin cambiar, aunque hoy te parezcan flojas. El archivo es la parte que no se puede falsificar.

No es gran cosa contra una operación de setenta cabeceras. Pero la web legible nunca se sostuvo por ser grande. Se sostuvo porque unos cuantos miles de personas enlazaban a lo que habían leído de verdad.