Hi5 mandaba en México y Perú y Metroflog en el DF: las redes que ganaron en América Latina antes de que Facebook hablara español
- Publicado
- Sección
- General
- Firma
- sofia_salas

El 15 de marzo de 2008, la Glorieta de los Insurgentes de Ciudad de México amaneció con cientos de chavales de flequillo planchado y cinturón de tachuelas plantados en el hueco de cemento del metro. Una semana antes, en Querétaro, un grupo había cargado contra los que estaban allí sentados. La convocatoria del contraataque, y la del ataque, y la de la respuesta al ataque, no salió de ningún periódico ni de ninguna radio: salió de páginas personales de Metroflog y de perfiles de hi5, que era donde aquella gente vivía.
Los reportajes que se escribieron entonces desde Estados Unidos hablaban del auge de Facebook y de MySpace. En México, en Perú, en Centroamérica o en Argentina, esos dos nombres todavía no significaban gran cosa. Durante tres o cuatro años, media América Latina se socializó en internet dentro de servicios que hoy casi nadie cita, y que se cayeron todos en un margen de dieciocho meses.
Metroflog: una foto al día y las firmas
Metroflog copiaba la mecánica de Fotolog y la simplificaba hasta el hueso. Cada usuario tenía una dirección fija, metroflog.com seguido de su nombre, una foto arriba y debajo una lista de comentarios que allí se llamaban firmas. Se subía una imagen al día. El resto de la actividad consistía en recorrer los flogs de los demás dejando firmas, con la expectativa de que devolvieran la visita.
Aquello funcionaba por una razón muy física: se navegaba desde cibercafés, pagando por hora. Una página que cargaba una sola imagen y un cajón de texto se abría en cualquier máquina vieja con una conexión mala, y una sesión de treinta minutos daba para firmar en veinte perfiles. Se podía además meter mano al HTML del propio flog, cambiar fondos y colores, pegar reproductores de música. Un perfil se veía entero sin cuenta y sin sesión iniciada: cualquiera podía leer las conversaciones de cualquiera, y esa transparencia total era parte del juego.
Hi5: una empresa de San Francisco que ganó en Lima
Hi5 no tenía nada de latinoamericano. Lo fundó en 2003 en San Francisco Ramu Yalamanchi, y durante un tiempo fue una red social más entre las decenas que peleaban por el hueco de Friendster. Perdió en Estados Unidos y ganó en otro sitio: México, Perú, Colombia, Centroamérica, y también Portugal, Rumanía o Tailandia. En 2007 y 2008 anunciaba más de setenta millones de cuentas registradas, según las cifras de la propia empresa, y aparecía en las mediciones de tráfico mundiales por delante de casi todo lo que había.
El perfil de hi5 era un altar: fondo personalizado, música que arrancaba sola, purpurina animada, contador de visitas y un muro de comentarios de amigos. Se coleccionaban contactos igual que se coleccionaban firmas en Metroflog. En muchos institutos peruanos y mexicanos, tener hi5 era la condición para enterarse de las cosas.
Sonico: el intento de hacerlo bien desde Buenos Aires
Sonico nació en 2007 en Buenos Aires, de la mano de Rodrigo Teijeiro, y fue el único de los tres pensado desde el principio para la región: interfaz en español y portugués, identidad real en vez de apodos, y unos controles de privacidad bastante más finos que los de la competencia, con perfiles separados para amigos, conocidos y público. Añadió juegos cuando los juegos empezaron a mover dinero. Llegó a anunciar decenas de millones de cuentas y a colocarse como la alternativa seria a lo que venía de fuera.
| Servicio | Dónde mandó | Qué se hacía allí | Cómo acabó |
|---|---|---|---|
| Metroflog | México, sobre todo | Una foto diaria y firmas cruzadas | Se vació y desapareció sin ruido |
| Hi5 | México, Perú, Colombia, Centroamérica | Perfiles decorados y listas de amigos | Comprada por Tagged a finales de 2011 |
| Sonico | Argentina y Cono Sur | Identidad real, privacidad por capas, juegos | Perdió relevancia y se apagó |
Millones de usuarios que valían muy poco
Los tres se pagaban con publicidad gráfica, y ahí estaba el problema. Un banner servido a un adolescente de Iztapalapa se cobraba a una fracción de lo que se cobraba el mismo banner servido en California. Sumar usuarios en América Latina engordaba las cifras de la presentación a inversores y no la caja. Hi5 lo intentó resolver en 2009 girando hacia los juegos sociales, con la esperanza de repetir lo de Zynga en Facebook; el giro molestó a la gente que estaba allí para mirar perfiles y no llegó a convertir a los jugadores.
Febrero de 2008
El 11 de febrero de 2008 Facebook se abrió en español, con una traducción hecha por voluntarios de la propia comunidad. Ese detalle, que suena administrativo, movió el suelo. Hasta entonces la barrera del idioma sostenía a los servicios locales; a partir de ahí, la máquina que ya llevaba desde mayo de 2007 dejando que cualquiera montara aplicaciones dentro de ella se puso a hablar el idioma de trescientos millones de personas.
Lo demás fue mecánico. Las redes sociales se sostienen sobre quién está dentro, y basta con que se muevan unos cuantos —el que organiza las fiestas, el que sube las fotos del viaje— para que el resto tenga que seguirlos o quedarse hablando solo. Entre 2008 y 2010 se vació primero la gente mayor de veinte años, luego los institutos. Metroflog y hi5 se quedaron llenos de perfiles intactos con la última firma fechada en 2009.
Qué queda
Hi5 sobrevive como marca: Tagged lo compró a finales de 2011 y en 2016 el conjunto acabó dentro de MeetMe. La web sigue en pie, convertida en otra cosa. Sonico y Metroflog no dejaron ni eso.
Lo que hay para rescatar está en el archivo de Internet Archive, y es un rescate a medias. Las portadas se conservan; los perfiles, solo si alguien los visitó con el robot pasando por ahí, y las fotos vuelven en blanco muy a menudo porque se servían desde servidores de imágenes que nadie archivó. Quien quiera ver su propio flog necesita acordarse de la dirección exacta que eligió con quince años, porque en el archivo no hay buscador de usuarios. Ese es el precio real de que aquella parte del relato se escribiera desde fuera: no solo se contó poco, tampoco se guardó.