La blogosfera española de 2005, explicada para quien no estuvo

La blogosfera española de 2005, explicada para quien no estuvo

Escrito por

en

El 22 de junio de 2005, un programa que hacían dos profesores universitarios españoles llevaba contadas 102.498 bitácoras en español. No era una estimación de mercado ni un dato de una consultora: era un rastreador, el Blogómetro, que iba pasando por los blogs uno a uno y anotando quién enlazaba a quién. Ese mismo año registró que más de setenta y cinco mil de esas bitácoras se enlazaban entre sí. Tres meses antes eran cerca de cincuenta mil. En 2004, veinte mil.

Esa curva es toda la historia. En dieciocho meses, la cantidad de gente que escribía en internet en español y que además se leía entre ella se multiplicó por cuatro. Lo que vino después se ha contado mil veces. Lo que casi no se cuenta es cómo funcionaba aquello por dentro, y ese es el asunto de este artículo.

Un blog no era una web: era una dirección en un barrio

Quien abre hoy una cuenta en cualquier red social entra en una plaza donde ya está todo el mundo. En 2005 se hacía al revés: primero se montaba la casa, en una dirección propia, y luego había que ir a buscar a los vecinos.

Y había un mecanismo para eso, tres en realidad, que hoy suenan a arqueología y entonces eran la infraestructura básica.

El blogroll

Era una lista de enlaces en la columna lateral con los blogs que uno leía. No estaba automatizada ni la sugería nadie: se escribía a mano y se actualizaba a mano. Aparecer en el blogroll de alguien era un gesto público con consecuencias, porque de ahí salía tráfico de verdad y porque decía a qué grupo pertenecías. Quitar a alguien también se notaba.

El trackback

Si un blog escribía sobre lo que había publicado otro, su sistema avisaba automáticamente al segundo, y el aviso salía publicado debajo del artículo original, a la vista de sus lectores. Es decir: discutir con alguien le traía visitas a él. Cuesta explicar hasta qué punto eso cambia la manera de escribir. La conversación estaba repartida entre varios sitios y todos ganaban algo por participar en ella.

Los comentarios abiertos

Sin registro, sin cuenta, muchas veces sin captcha. Se ponía un nombre, una dirección de correo que nadie comprobaba, y ya. Aquello produjo dos cosas a la vez: conversaciones larguísimas entre desconocidos, y el spam que acabó matando el sistema.

Qué lo sostenía económicamente: casi nada

Aquí es donde el relato romántico se cae solo. La inmensa mayoría de aquellos cien mil blogs no ganaba un céntimo. Se pagaba un dominio y un alojamiento compartido barato, o ni eso, porque las plataformas gratuitas daban espacio a cambio de un subdominio.

Los que sí monetizaban tenían básicamente dos vías: la publicidad por bloques que se cobraba por mil impresiones, con tarifas que en español eran una fracción de las que se pagaban en inglés, y los enlaces o artículos patrocinados, que aparecieron enseguida y que abrieron la primera discusión seria de la comunidad sobre qué era vender y qué era venderse.

Esa fragilidad importa porque explica lo que pasó después. Un ecosistema donde nadie cobra funciona mientras la gente tiene tiempo y ganas. En cuanto aparece algo que da la misma recompensa social con la décima parte del esfuerzo, se vacía.

El momento en que se institucionalizó

En 2005 un periódico, 20minutos, montó un concurso de blogs con premios y jurado; los resultados de aquella primera edición se publicaron en febrero de 2006. Fue una señal de dos cosas al mismo tiempo. De que la blogosfera ya existía lo bastante como para que un medio quisiera ponerle un sello. Y de que los medios habían entendido que allí había público, atención y firmas baratas.

A partir de ahí llegó lo previsible: cabeceras abriendo secciones de blogs, blogueros fichados para escribir dentro del periódico, y una discusión que duró años sobre si aquello era un ascenso o una absorción. La respuesta, vista con distancia, es que fue las dos cosas y que casi ninguno de aquellos blogs de medio sigue existiendo.

Cómo se deshizo

No hubo un día concreto. Hubo tres golpes seguidos.

El primero fue el spam. Los comentarios abiertos se volvieron impracticables y los trackbacks, que eran automáticos por diseño, se convirtieron en un vertedero. Cerrar comentarios o exigir registro parecía la solución razonable y fue, en la práctica, cortar los cables que unían el barrio.

El segundo fueron las redes sociales. Un blog exigía tener algo que decir con cierta forma. Publicar una frase en Twitter o una foto en Facebook daba la misma respuesta social —lectores, contestaciones, reconocimiento— sin escribir seiscientas palabras ni mantener nada. Mucha gente que escribía en su bitácora sencillamente se mudó, y el que se mudó dejó de enlazar.

El tercero fue el buscador. Cuando encontrar cosas dejó de hacerse a través de los blogs que uno seguía y pasó a hacerse escribiendo en una caja, el blogroll perdió su función. Y cuando en 2013 cerró el lector de canales que casi todo el mundo usaba, desapareció también la última manera cómoda de leer veinte sitios distintos sin que nadie decidiera el orden por ti.

Qué queda

Queda más de lo que parece, aunque esté desconectado.

Quedan los archivos. Muchos de aquellos blogs siguen en pie, sin actualizar desde 2009, en dominios que alguien renueva por costumbre. Otros muchos desaparecieron con la plataforma que los alojaba y solo existen dentro del archivo de internet, en capturas que no siempre son completas y a las que casi siempre les faltan los comentarios, que era donde estaba la mitad de lo interesante.

Y queda el formato. Todo lo que hoy se vende como boletín por correo con suscripción de pago es, punto por punto, un blog con otra puerta de entrada: un autor, un texto largo, una periodicidad y un lector que decide leerlo. Lo único que cambió es que ahora hay una forma de cobrar por ello, que es exactamente lo que faltaba en 2005.

Esta web, sin ir más lejos, guarda dentro un blog personal de 2006 recuperado entero. No está aquí de adorno: es el material del que va a hablar todo lo que se publique a partir de ahora.