La chica de ojos tristes
Me considero un tipo afortunado, porque en la vida nada me ha resultado fácil.
Cuando tenía dieciséis años, estudiaba bachillerato en un instituto nocturno de Barcelona. No crecí en el seno de una familia adinerada y la experiencia me enseñó a rechazar el dinero que mis padres me ofrecían. Así que para costear mis gastos, trabajaba a media jornada en un taller cercano al barrio periférico de Santa Eulalia, entre Barcelona y Hospitalet.
El trabajo entre maquinaria parecía extenuante, pero yo era un saco de nervios y nunca me resultó pesado. La mayoría de los operarios comenzábamos a las siete de la mañana y a parte de la pausa del almuerzo, contábamos con un par de descansos para echar un cigarro en un aire menos viciado. La mayoría optábamos por la puerta del taller y allí entre humo, bromas y quejas, piropeábamos a las chicas de la bordeta al pasar.
Fueron tiempos de descubrimientos, entre la adolescencia y la juventud. Los consejos y las conversaciones de las que aquellos hombres curtidos y marcados me hacían participe me ayudaron a entender la vida mejor. Aun recuerdo aquella barba blanca y los dientes amarillos del viejo Julián el oficial siempre acompañado por su cigarro ducados. Él, cada tres palabras soltaba una maldición, pero cuando alguien se quejaba algo en su presencia, éste le respondía: – Pero de que cojones te vas a quejar tú gañán, achanta la mui y ponte a trabajar.
Luego cuando se escuchaba a los otros murmurar por detrás, él me miraba con complicidad y en una mueca sarcástica sus dientes de madera me sonreían.
Una mañana de un mes cualquiera, mi habitual compañero se había quedado en casa con una gripe de caballo. Así que aquel día el trabajo fue doble, y yo decidí adelantar la pausa del cigarro para tomar un descanso. Me senté en el capó del supermirafiori azul que había siempre en la puerta, y en silencio, entre caladas, contemplaba la gente pasar.
Es curioso, pero nuestras vidas están organizadas de tal modo, que en transcurrir de nuestras rutinas solemos encontrar siempre a las mismas personas, en el metro, el autobús o en la calle. Aquel día habiendo adelantado yo el horario de mi salida a la puerta, cada una de las gentes chicas que pasaban, se me antojó un mundo por descubrir.
En aquella época yo sólo vestía tres prendas, unos vaqueros ajustados, una camiseta blanca manchada y unas camperas camino del Valverde. Ni necesitaba ni quería más. Puse mi cara de tipo duro (tan duro que me ensuciaba los costados de la cara para aparentar una inexistente barba) y como pavo real con la cola abierta, busqué con la mirada la sonrisa o la vergüenza de toda muchacha de buen ver.
Fue entonces cuando la vi por primera vez. Ella era menuda y delgada, y su cabello liso y rubio dejaba adivinar tras unos cristales redondos los dos ojos mas expresivos que había visto jamás. Durante algunos segundos me olvidé de todo, y sin dejar de mirarla un solo instante, ocurrió lo imprevisible, con la mirada baja y de reojo me sonrió.
Aquella noche no pude pegar ojo. Ella era sin duda mayor que yo, tendría veintiuno o veintidós, vestía elegante como las niñas del Putxet y Sarrià, pero a pesar de la diferencia de edad, yo aquella sonrisa no la pensaba olvidar. Así me prometí a mi mismo que esa chica sería para mí.
Desde entonces todos los días pedí permiso para adelantar mi pausa en el trabajo, y ni un solo día dejé de estar allí, sobre el capó del coche a las nueve menos cinco. Ni un solo día ella dejó de pasar, y ni una sola vez dejó de regalarme aquella sonrisa. Para mí, aquellos minutos duraban horas, y la sensación cuando a lo lejos la veía llegar me desconcertaba, nunca antes me habían temblado las piernas, y es que hasta entonces no había sabido lo que era sentir miedo.
A los pocos días en el taller todos bromeaban al respecto de mis desvaríos amorosos y cuando lo hacían yo me enfurecía y soltaba los puños. –Cabrones, estaos quietos y dejar al chaval que se nos ha enamorao- Me defendía el viejo Julián.
Por supuesto, ninguno de los amigos que tenía en la época supo jamás nada de esto. ¿Colarse por una piva? Ni hablar, nos creíamos demasiado duros para eso.
Los días seguían pasando y alcanzaron al mes, y en un almuerzo los compañeros me dijeron que había que hacer algo, que la niña estaba claro que quería tema y que con miraditas no iba a conseguir nada. Aquel día en el desayuno fui el centro de atención y ante las miradas, los cuchicheos y las risas de aquellos tipos, escribí mi primera carta de amor, primera y por cierto; escueta.
Me gustas mucho y quisiera conocerte mejor ¿Aceptarías si te propongo tomar un café?
Aun guardo la carta. Esa misma tarde compré el papel de mejor calidad que encontré, y sobre unas hojas Galgo, la reescribí no menos de diez veces. La guardé en un sobre y una noche más aquella chica me dejó sin dormir.
A la mañana siguiente si ya estaba nervioso por lo agitado de la situación, el saber de los ochos compañeros y el jefe que habían hecho pausa para no perderse la escenita escondidos detrás de un aparador, no me ayudaba a relajarme precisamente.
Finalmente ella apareció, y creo que pude contar cada uno de sus pasos hasta que se acercó lo suficiente. Yo estaba sudando, y me acojonaba pensar que me podía temblar la voz, la conversación apenas duró unos segundos:
– ¿Qué? ¿Para mí?
– Sí, es una carta que te he escrito
– Pero… bueno, no sé, ¿Gracias?
– Léela y ya me dirás algo
– Bien, de acuerdo, adiós
– Adiós
Sentí que me libraba de la carga más pesada del mundo, y ni aun cuando los compañeros rompieron con aplausos y risas no sentí vergüenza porque ella lo pudiese escuchar. Al decirme adiós había vuelto a sonreír, esto sólo podía salir de un modo; el mejor.
Pero el jolgorio duró poco. Digo que aun guardo aquella carta, por que a media mañana ella en la puerta preguntó por mí. A palmetazos en la espalda logré salir, y la enfrenté por segunda vez, en aquel momento ella era la criatura más bonita del mundo y yo nunca me sentí antes tan pequeño.
(El mundo se derrumbaba encima de mí.)
– ¿No la puedes aceptar?
– No, lo siento. Es que, estoy con un chico y no estaría bien aceptarla.
– Bien, bueno… no pasa nada. Él es un chico afortunado.
– Vaya… Gracias, eres encantador. Ahora me tengo que ir
– Claro lo entiendo, adiós
– Adiós y gracias de verdad, esto no lo voy a olvidar.
Han pasado doce años desde aquel entonces. Pasó el tiempo y sí, la volví a ver. Charlamos durante algunas semanas con cierta frecuencia y al fin supe de su nombre y que trabajaba en una gestoría cercana, pero de aquellos encuentros ninguno volvió a ser como los vividos. Luego dejé el trabajo por otro más llevadero y mejor pagado y no volví a saber de ella ni de los compañeros.
Hace poco con intención de resolver algunos menesteres burocráticos volví a la zona, dejé el coche en un parking, y me tomé una hora para pasear por aquellas calles llenas de recuerdos.
El viejo taller es ahora un Bar, y del viejo Julián que nunca tuvo hijos me supieron decir que se había jubilado y había vuelto a su tierra en Andalucía con sus hermanas, y que con frecuencia hablaba de mí.
La gestoría, aunque me costó reconocer el edificio, aun estaba allí. Tras pensarlo bastante al final me decidí, y aun sin pretensión alguna, me atreví a entrar a preguntar por ella. Nadie supo nada a excepción del abogado y gestor que amablemente me atendió. Éste, me dijo que había pasado mucho tiempo desde que ella se casó y dejó la ciudad para irse a trabajar en un negocio propio con su pareja. Entre algunos comentarios, me indicó que la recordaba como una chica muy bonita y cumplidora pero de ojos tristes.
Ahora aquella carta la guardo en una caja entre viejas fotos y papeles y al evocar el recuerdo de su sonrisa, yo también sonrío al pensar lo que pudo haber sido, pero nunca llegó a ser.
